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La compañía Circo Aereo trae a Getafe la magia del teatro sin palabras para los más pequeños.

Fuente: madrid.org

Fuente: madrid.org

Dice el director del Auditorio García Lorca de Getafe que en esta ciudad el arte del teatro es “del pueblo”, pero parece que hoy hay algo extraño en ese pueblo, algo peculiar ha debido de pasar, ya que miramos alrededor y abundan los carritos de bebé, los gritos y las carreras en el hall. Hoy la mayoría de espectadores no superan un metro de altura.

Y es que parece ser que la obra de hoy es algo particular, vamos a ver Trippo, de la compañía franco-finlandesa Circo Aereo [En inglés]. Accedemos a la platea y comprobamos que el público se compone sobre todo de niños, de todas las edades, pero también hay adultos que vienen solos, seguramente a alimentar su espíritu infantil.

De pronto se apaga la luz, y, aunque son pequeños, los niños conocen la señal: es hora de estar callados. Lo único que se oye es el sonido de unos grillos, hasta que aparecen los dos actores de la obra, quienes por sí solos ponen en pie, en un pequeño escenario con un decorado sencillo que no cambia a lo largo de la obra, todo un espectáculo circense, para disfrute de niños y mayores.

Puede parecer complicado que una compañía de teatro cuyos integrantes no hablan español sea capaz de hacer una obra que interese a los niños, el público más exigente de todos. Pero no son necesarias las palabras, ya que el Circo Aereo se comunica con sus pequeños espectadores a través de la música, el movimiento y la gestualidad, y éstos, aunque puedan en principio generar algo de confusión (suscitando comentarios como “Mamá, ¿cuándo hablan?”), son lenguajes universales.

Un fragmento del principio de la representación / Duración: 6:02

Es curioso observar cómo grandes y pequeños se ríen en momentos diferentes, responden a distintos tipos de humor. ¿Cuál es el de los niños? Observándolos, podemos comprobar que se quedan embelesados con los gags que entienden y pueden seguir, como las bromas físicas o la aparición de personajes como un pájaro interpretado por la propia mano de uno de los actores. Pero parece que también les gusta lo inesperado, lo que no están acostumbrados a ver en la tele, ya que, de pronto, uno de los actores comienza a pasar por encima de las butacas, entre el público, y se gana muchas risas y genera un enorme alboroto entre el público infantil.

Sin embargo, llega una parte musical, que quizás se pasa de larga, y parece que esto no es lo que más gusta a los pequeños, pero hace reír mucho a los mayores. Pero en Circo Aereo no bajan la guardia, y en seguida vuelven a la carga. La chica empieza a hacer algo que no sabemos muy bien qué es, se produce un silencio, todos estamos expectantes y, en ese momento, se produce una de ésas situaciones que sólo son posibles cuando estás viendo un teatro infantil. Desde una punta de la sala se alza una voz:

–          “¡Es un reloj!”

Pero no, parece que no lo es, y ese error no puede quedar sin corrección, por lo que desde el otro lado se oye una voz femenina:

–          “¡No, le está hipnotizando!”

Y sí, la niña estaba en lo cierto: por los efectos de la hipnosis, el chico se queda dormido, y se cae una y otra vez. La broma cosecha grandes carcajadas.

Un momento de la representación / Fuente: elpais.com

Un momento de otra representación de la obra / Fuente: elpais.com

Y es que ir a ver una obra de niños es mágico. Un buen ejemplo de ello es el momento en que a la protagonista la meten en una maleta, y la separan en dos partes, la cabeza queda por un lado y los pies, por otro. Es un truco muy clásico, pero aquí el auditorio se sorprende mucho y comenta preocupado: “¡la han cortado!”. Y, claro, tú también te contagias, el escepticismo adulto queda a un lado para dar paso a la inocencia, y a volver a creer que todo es posible. Al final, por supuesto, la maleta vuelve a unirse y ya estamos preparados para lo siguiente: acrobacias o una curiosa merienda en la que los actores toman el té sentados uno encima del otro. De esto último, lo más llamativo era que “¡es agua de verdad!”, aunque otros opinaban que no se trataba de agua, y los más cautos preguntaban a la autoridad competente en la materia: “mamá, ¿qué ha echado?”

Así, entre sorpresas y risas, se acaba la magia y salimos a la calle tristes de tener que volver tan pronto al mundo real, donde las personas no se meten en maletas y se empeñan en tomar el té sentados en sillas.

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